"No quiero tener al ecce homo ni vivir como mi tía"

Alexander Von Humbodlt catalogó a Bogotá a principios de 1800 como la Atenas de América, no sé que lo llevo a hacer tal afirmación en aquel entonces, pero fue un honor, viniendo de un científico alemán que no en vano había recorrido América de norte a sur. Dudo mucho que nos haya dado tal “titulo” pensando en que más de doscientos años después entraríamos en una discusión (en mi opinión sin sentido, al no tener definido que es) sobre patrimonio, discusión de la cual hay dos bandos divididos unos extremamente proteccionistas, como si de Atenas-Grecia se tratara y los otros muy despreocupados como si no hubiera patrimonio.

Hace unos días, los medios sacaron a la luz un tema, que muchos al parecer preferían mantener por debajo de cuerda hasta que hubiera una decisión final al respecto, hablo del Teatro Colón y su ahora polémica fase II de su proceso de “restauración” y lo pongo en comillas porque no se puede restaurar lo que no existe, la polémica está centrada en que para esta segunda fase, el ministerio de cultura planea extender el teatro (por lo menos los predios) para convertirlo según ellos en uno de los grandes escenarios del mundo.

Eso supone para mi, grandes interrogantes, ¿se va a demoler el “mini” teatro, recientemente restaurado para usar también esos predios? ¿Se va a hacer un teatro nuevo contiguo al Colón? ¿Se van a utilizar 6000 metros cuadrados, (los cuales obligan a comprar predios y hacer demoliciones) para hacer una extensión en tecnología y equipos para un teatro al cual solo le caben 900 personas? ¿No sería mejor usar ese presupuesto en predios que realmente merecen la intervención pronta del estado, y que a diferencia del colon son menos excluyentes?

No sé cuantos de ustedes hayan tenido la fortuna de entrar al teatro colon a alguna función, quien escribe estas letras no, únicamente lo visité durante el proceso de restauración y eso sabiéndome afortunado ya que de la fachada más de uno no ha pasado.

Hablando de restauración y aprovechando el jocoso tema tan abundante en redes sociales de la Sra. Cecilia Jiménez quien en España y por “buena” samaritana decidió “restaurar” el ecce homo, una pintura de Elías García que se encontraba en mal estado, con un resultado cercano a la barbarie pero teniendo a su favor que la pintura es considerada de baja calidad y no es patrimonio así como el hecho de que ninguna autoridad incluida la iglesia, haya decidido asumir su restauración, me viene a la cabeza que puede que aquí nos esté pasando lo mismo, solo que el teatro colon si es patrimonio, y en esta ocasión serian las autoridades las culpables de la “barbarie”, y es que no se ustedes, pero yo no quiero tener al “ecce homo” en casa, y a juzgar por lo visto en los últimos concursos de arquitectura de este país, no quisiera que en este concurso(se supone que el ministerio de cultura abrirá un concurso para este teatro) resultará ganador como estamos acostumbrándonos algún Jiménez criollo.

Dejando atrás la polémica sobre el Colón, y creyendo en que las autoridades competentes harán lo mejor en este caso, y que muy seguramente ese dinero se destinará a predios que realmente lo necesitan, quisiera retomar el tema de nuestra “Atenas” debido a que por el tema del Teatro Colón han aparecido una serie de proteccionistas que parecen estar convencidos de estar pisando la Acrópolis, de tal modo que nada se puede tocar y nada se puede cambiar.

Soy un defensor acérrimo del patrimonio, del cultural, del arquitectónico y del urbano, no creo, y en este caso en especial, que todo sea susceptible de tal nominación. Parte de la polémica que ha desatado el colon infortunadamente no está ligada a el uso de los recursos o a la poca planificación urbana, o a las trampas que los mismos empleados públicos le hacen a la ley según sea el caso, si no a el hecho de que para llevarlo a cabo haya que comprar predios actualmente catalogados como patrimonio para la ciudad y por ende demolerlos.

Seguramente no es el caso en todos los predios circundantes al Colón, pero me niego a pensar que no se pueda demoler una casa en la que actualmente funciona una frutería y cuyo bien más antiguo probablemente sea su propietario, así como no quiero pensar que (eso en caso de que el proyecto del Teatro Colón valiera la pena) el edificio de la universidad autónoma de la carrera sexta es un orgullo nacional y al igual que el Partenón hay que dejarlo en pie para que nosotros y la humanidad tengamos el placer de admirarlo.

No se trata tampoco de tumbar todo, pero ¿estamos seguros que nuestro patrimonio realmente es patrimonio?, a mi me parece que no, a nadie le importó la desaparición de la iglesia del humilladero para darle paso al edificio de Avianca, poco intereso la belleza del convento de Santo Domingo porque lo tumbaron y nos regalaron al hoy “patrimonial” edificio murillo toro, no hubo mucho reparo al demoler la iglesia de santa Inés, para la construcción de la carrera 10, muy pocos se preguntan por las casas de Fernando Martínez Sanabria de la carrera séptima con calle 83 a la 85, declaradas patrimonio arquitectónico con absoluta justicia, hoy en propiedad de un político quien decidió quitarles la cubierta, para que el mal estado permita declararla como un riesgo y así demolerla para dar paso seguramente a algún edificio “contemporáneo” cuyo porcentaje de utilidad es superior a lo que significa mantener un edificio con verdadero valor arquitectónico.

Pensar en esto, hace inevitable recordar que cuando era niño sentía que la casa de mi tía tenía un problema de espacio, pero la falta de él no me permitía entenderlo completamente, y mi obsesión por los detalles me hacia permanecer impávido viendo los muros de ladrillo prensado de los años 30’s con todo su encanto y su color pasando por alto las montañas de objetos que me rodeaban mientras mis padres trataban de acomodarse en la estreches e incomodidad de la casa.

Muchos años deje de ir, pero recientemente la vida me volvió a llevar a ese lugar, a esa galería, y al no tener la estatura de hace unos años tuve que vivir la incomodidad innegable de estar en un lugar donde hay espacio para todo menos para lo que vale la pena, no sé cuantos años lleva mi tía acumulando muebles que van desde los Luis xv hasta los más vanguardistas, a juzgar por los viejos equipos de sonido, televisores, radios y hasta cámaras fotográficas que cualquier museo envidiaría tener, puedo decir que son más de 30, y es que para ella, cada cosa que hay en su hogar, tiene un valor que ningún precio pagaría, ¿un valor patrimonial?

Ella prefiere llamarlo un valor sentimental, lo malo del asunto, es que haber acumulado tanto “amor” para tantos objetos no le permite distinguir cuales realmente son los que valen la pena, así que mientras un equipo de sonido challenger de los años 80’s cuyos botones ya no están en su lugar, (debido a las visitas de sus sobrinos durante tanto tiempo) se ve imponente sobre el bife, hay un gramófono de finales de 1800 que se deshace de polvo, telarañas y tiempo, esperando algún día pasar a ocupar el lugar del “challenger”

Mucho no tarde en la visita con mi tía, pero se me ocurrió que a Bogotá le pasa lo de mi tía, quien realmente no sabe lo que tiene bajo el polvo, aunque para mí una cosa si es clara, “no quiero tener al “ecce homo” ni vivir como mi tía”

Ricardo Reyes / v3rsus LAB

(Fuente: studiov3rsus.com)

[ workshop crisis proyectuales ]

v3rsus & UNIAGUSTINIANA facultad de arquitectura

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(Fuente: studiov3rsus.com)

Arquitectura verde, la diva de la moda sostenible.

Actualmente para las sociedades de consumo, la preocupación por la apariencia, lo saludable y la imagen proyectada es casi tan importante como su compromiso con el planeta. Esto sería seriamente positivo si pensáramos que el planeta que habitamos es un organismo tan vivo como la comida orgánica que muchas sociedades “green” consumen.

Como en el extracto de la Sátira X del romano Juvenal, cuyo origen muchos desconocen pero que es ampliamente difundido como slogan en las fábricas de sudor y expiación de las culpas grasas, la frase: "mens sana in corpore sano" debería entenderse como representación de la comunión entre este cuerpo cada vez menos sano que habitamos llamado Planeta Tierra y las mentes poco sanas que la deberían preservar. Representación también del conflicto entre las dos grandes conquistas de la era moderna: el “control” sobre la naturaleza y la obtención de sus ambiguos resultados, “comodidad y facilidad”.

En esta oferta extravagante del catálogo consumista pseudo sostenible o "eco friendly", podemos escoger productos que van desde un aire enlatado “más puro”, hasta edificios y viviendas “ecológicas”, todo vestido en un seductor verde esperanza, que en la mayoría de los casos poco o nada entienden de su relación con el lugar, la utilización consciente y el origen de los materiales empleados, sin mencionar detalladamente los errores cometidos por un diseño mediocre en términos del rendimiento, la pérdida y reutilización energética.

Desafortunadamente el desconocimiento general impulsado mediante la manipulación informativa, a garras de algunas revistas fashionistas sobre temas arquitectónicos y urbanos, no permite evaluar de manera pública y objetiva el concepto de sostenibilidad. Estas publicaciones de alto tiraje tan sólo llegan a ser falsos menús corporativos que logran vender una "saludable" hamburguesa light porque esta adornada con una lechuga.



Bajo esta idea de maquillaje verde o greenwashing mediático, la sarcástica reflexión: "Los médicos tapan sus errores con tierra, los abogados con papeles y los arquitectos aconsejan poner plantas" escrito por Frank Lloyd Wright (precursor de la arquitectura orgánica) le atina a muchas de las “divas arquitectónicas” que hoy se muestran como ejemplos a seguir. Estos señuelos mediaticos, no son más que el reflejo de una parálisis creativa para diseñar espacios de confort, más humanos y con significado para nuestras ciudades, un cobarde disfraz con el simbolismo “heroico” del verde, en un afán sensacionalista, efectista y comercial. Una especie de drogadicción verde que no atenta contra la salud.

La “inocencia” ideológica, hace que este remedo ecologista no tenga una verdadera conciencia sobre las implicaciones que tiene la construcción de la ciudad: la transportación y extracción de materiales no renovables, las emisiones de los procesos industriales de los mismos y el consumo energético de los medios mecánicos que iluminan, calientan y ventilan espacios mal dimensionados.

Toda una distracción estilística en una pasarela de césped, para justificar la construcción de nuevos y seductores “elefantes verdes”, los cuales – alimentando la gula económica de unos pocos– van a expandir e invadir territorios con potencial para la purificación del oxígeno, la conservación de las especies y el cultivo de alimento. Finalizando como en los poco éticos procedimientos cosméticos, en la especulación de nuevas y cada vez más ridículas necesidades: construcción de más infraestructura de servicios, expansión del territorio urbano y la generación de más caos.

Esta falta de conciencia y pensamiento ecológico, debería estar redireccionada desde la academia con una postura de auto conservación y transformación dinámica, capaz de fortalecer y evolucionar la ciudad construida, potenciar sus vacíos urbanos, las estructuras sin uso y luchar contra el monopolio y la atrofia espacial. Entender las consecuencias macro de sus intervenciones y ver que sin una práctica ética-consciente no hay territorio y sin territorio no hay arquitectura.

Comprender, de nuevo en palabras de Frank Lloyd Wright, que “Los edificios, también, son hijos de la tierra y el sol.”


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